Articulo Ministro
Artículo del Ministro

 

Educando en tiempos de cambio

Frente al miedo y la ignorancia, la educación

Leonardo Garnier Rímolo
Ministro de Educación Pública

Hemos dicho que nuestro paso por el Ministerio ha estado marcado por un objetivo claro: el de hacer una diferencia. Para ello –y sabiendo que en un tiempo limitado hay que tener unas pocas prioridades– elegimos algunas que consideramos estratégicas, todas apuntando a la ruta de la formación integral que tan bien recoge nuestra Ley Fundamental de Educación. En conjunto con el Consejo Superior hemos trabajado para enfatizar que cada centro educativo debe aspirar a ser un centro educativo de calidad. Hemos reivindicado la importancia de una educación para la vida y la convivencia; por eso, sin desmerecer ni descuidar los esfuerzos por mejorar la calidad de nuestra educación académica y técnica, trabajamos con especial ahínco por recuperar y remozar la educación artística, la educación musical, la educación física y –por supuesto– la educación cívica que debe ser comprendida, sentida y vivida, no simplemente recitada.

La capacidad de pensar es un componente vital de todo sistema educativo. Pensar lógicamente, pensar críticamente, pensar apasionadamente. Pensar en diálogo constante con los otros –en los libros, en las aulas, en el cole y en la calle– es vital para que nuestro pensamiento sea también tolerante y capaz de construir en convivencia, en diversidad, en paz. Hemos dirigido a esto tanto esfuerzos curriculares que han modificado programas de asignaturas específicas, como esfuerzos dirigidos a transformar distintos espacios y momentos de la vida estudiantil: los festivales, los gobiernos estudiantiles, los encuentros y campamentos, y hasta la resolución de conflictos. Hemos abogado una y otra vez por desterrar el miedo de nuestros centros educativos, promoviendo el respeto y la responsabilidad para con los demás.

Dijimos que nuestro mayor reto era elevar la cobertura de secundaria, incomprensible e inaceptablemente baja en un país como Costa Rica. Para ello, no solo ampliamos y profundizamos los programas de equidad –en especial los comedores escolares– recurriendo a becas y subsidios muy significativos por medio de FONABE y AVANCEMOS, sino que impulsamos una reforma en el Reglamento de Evaluación de los Aprendizajes, dirigida a frenar el fracaso y la repitencia innecesarios. Cualquier reforma de esta magnitud será polémica pero, lo cierto, es que Costa Rica no podía darse el lujo de seguir expulsando estudiantes del colegio por razones equivocadas. Sé que las nuevas reglas demandan un esfuerzo mayor de organización de la matrícula, de los horarios y del curso lectivo; pero, comparado con el escenario de estudiantes repitiendo asignaturas que ya habían aprobado o, peor, desertando por tener que repetir una vez más todo el año... estoy convencido que, si bien exigirá pulir su aplicación y ajustar algunos de sus aspectos, la reforma es muy sensata. Los primeros datos muestran, en efecto, que aumenta la matrícula y se eleva la cobertura en secundaria. También hemos visto cómo se reduce rápidamente el número y el porcentaje de estudiantes que trabajan y estudian, y el de jóvenes que no estudian y sí trabajan.

Una satisfacción muy particular en este sentido –y que necesito destacar aquí– es la que nos muestra que, si bien queda un camino por andar en términos de cumplir nuestra meta de que cada joven termine al menos su educación secundaria; de que la secundaria se convierta en el piso de nuestra educación, y que sobre ese piso nuestros jóvenes avancen hacia niveles más elevados, más creativos, más sofisticados de conocimiento, de competencia, de sensibilidad, de cultura… lo cierto es que en estos pocos años no solo hemos logrado avanzar en la reducción de la deserción –de la exclusión, de la expulsión y la repulsión de estudiantes– sino que, más importante aún, hemos logrado avanzar en la reducción de las desigualdades, de las inequidades educatias: en estos años, el aumento de la cobertura educativa se ha logrado, fundamentalmente, elevando la retención de estudiantes pertenecientes al 60% de las familias de menores ingresos, reduciendo significativamente la distancia entre su educación y la del 40% de mayores ingresos. De eso, como país, podemos sentirnos orgullosos y contentos… aunque no satisfechos: todavía tenemos desigualdades por erradicar en nuestra educación. La educación no puede ser un instrumento que reproduzca, sino un instrumento que compense y reduzca las desigualdades sociales y económicas; un instrumento de movilidad e integración social y cultural, integración en la diversidad.

Hemos invertido más en educación. Todavía no lo suficiente, pero sí mucho más de lo que era tradicional invertir en ella. Esto ha permitido aumentar la cantidad de docentes creando también condiciones para su capacitación y desarrollo profesional. Se logró en conjunto con los gremios una mejora muy sustancial de la remuneración docente: algo que no solo es justo reconocimiento a nuestros docentes de hoy sino que además contribuye a elevar la calidad de los docentes de mañana, haciendo que la docencia vuelva a ser una profesión atractiva y respetada. Esto se ha complementado con un esfuerzo sistemático por desarrollar los instrumentos necesarios para la capacitación continua, dentro de los que destaca la creación del Instituto de Desarrollo Profesional Uladislao Gámez Solano, así como los esfuerzos de diagnóstico dirigidos a construir una política sistemática de desarrollo profesional en el MEP.

Hemos mejorado los procesos y aumentado los recursos para la infraestructura y el equipamiento educativo –más que triplicando los fondos asignados y ejecutados– pero, sobre todo, hemos diseñado los instrumentos que, en adelante, permitirán romper este trágico cuello de botella de una infraestructura insuficiente e inadecuada.

Hemos impulsado una reforma institucional de Oficinas Centrales y Direcciones Regionales que, difícil como son siempre estos procesos, ha tenido objetivos claros: avanzar hacia una estructura menos centralizada y fragmentada, hacia una estructura más orientada a los procesos y los productos; y, sobre todo, una estructura que –poco a poco– nos permita entender que todo nuestro trabajo tiene sentido solamente cuando se traduce en mejoras al nivel de los centros educativos, que es donde hacemos realidad la educación. Todo ese gran aparato al que solemos llamar “MEP” es un aparato –un dinosaurio, habíamos dicho– cuyo único sentido es el de apoyar el trabajo de cada docente quien, a su vez, tiene como única razón de ser, la mejor educación de sus estudiantes.

Si en algo hemos contribuido a que el MEP se mueva en esa dirección, a que el MEP sea una institución que está un poco más en función de los centros educativos, de los docentes, de los estudiantes y de una educación que –como dije– les permita aprender a pensar, aprender a vivir, aprender a convivir... entonces, podremos estar contentos.

Finalmente, hemos puesto nuestro mejor esfuerzo por “refrescar” al Ministerio de Educación Pública, por ir transformando su cultura institucional en beneficio de las personas –más de un millón de personas– vinculadas con el sistema educativo. Costa Rica necesita un Ministerio de Educación y un sistema educativo capaces de obtener lo mejor de cada generación, capaces de promover la mejor enseñanza, el mejor aprendizaje… un aprendizaje que, como hemos dicho, debe ser un aprendizaje para la vida, para la convivencia: debe ser tan útil en el mundo eficiente del consumo, el intercambio y el trabajo como en el mundo del disfrute personal de una vida plena, una vida responsable que se disfruta en convivencia con los demás y con el ambiente; es, en fin, un aprendizaje que permita responder en afirmativo y con gusto la gran pregunta de estos tiempos de cambio, pregunta que es tan válida al nivel íntimo y familiar como al nivel local, regional y nacional y, por supuesto, al nivel global o universal; es la pregunta de nuestro tiempo: ¿podremos vivir juntos?

Las tareas de la educación, como herramienta para responder esta pregunta, son múltiples y diversas, como múltiples y diversas son nuestras identidades. Somos síntesis de lo diverso –hemos dicho en los congresos de interculturalidad– somos fruto de múltiples determinaciones. En ese contexto, ninguna tarea es más importante en la educación de nuestro tiempo, que la de librarnos de los dos mayores enemigos de la vida y la convivencia: la educación debe librarnos del miedo y de la ignorancia. Ése ha sido nuestro norte en estos cuatro años: un esfuerzo sistemático y comprometido por crear las condiciones necesarias para que directoras y directores, docentes, estudiantes y sus familias, puedan avanzar con gusto y con esfuerzo, en la tarea cotidiana de construirse como personas capaces de evadir la ignorancia y el miedo, capaces de vivir y convivir afectuosamente, responsablemente, plenamente. La guía que buscamos para nuestras y nuestros jóvenes, es la mejor guía que ha tenido la humanidad a lo largo de su historia: la ética y la estética, contar con el discernimiento y la sensibilidad para elegir sabiamente cuando enfrenten –como se enfrentan diariamente– los dilemas de la vida. Educar para la vida, educar en tiempos de cambio. Es difícil enfrentar un reto más apasionante, imposible enfrentar un reto más relevante.


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